Biography


MEXICO, MONTEREY, MEXICO CITY, COYOACAN AND THE ACADEMY

MONTERREY, MÉXICO, COYOACÁN Y LA ACADEMIA


Through countless golden afternoons and well into silvery moonlit evenings, Alfredo Ramos Martinez would wander through Coyoacan, gazing up at its bell towers, strolling through its plazas and narrow streets, all the while taking in the geometry of the huge stones of the walls, the adobe walls, and the rounded cobblestones. After making numerous quick sketches, he would return home to transform his studies into watercolor compositions. This sixteenth century Coyoacan, with its churches and open markets of fruit and flower stalls can be seen in Ramos Martinez’s early works.

Ramos’ friend, the Mexican poet, painter and translator, José Juan Tablada contended years later in his memoir, La Feria de la Vida (“The Festival of Life,” 1937) that these watercolors were among the first artistic manifestations of a revolutionary art, originating as they did, in the observations of “things,” the phenomena of everyday life. Tablada states that it was American tourists who first recognized the beauty and value of Ramos’ surprisingly extraordinary depictions of seemingly ordinary things. These “things” would re-appear decades later as the background of his California paintings and, again, would be admired and collected by Americans.

Born in Monterrey (Nuevo León, Mexico) in 1871, Alfredo Ramos Martinez arrived to Mexico City at the age of fourteen after his portrait of the governor of the state of Nuevo León was awarded 1st prize at an art exhibition in San Antonio, Texas. The prize included a scholarship to study at the Academia Nacional de Bellas Artes in Mexico City and therefore, the large Ramos Martinez family established their home in Coyoacan, a town on the outskirts of Mexico City. Coyoacan had the look and feel of a small village but with a stimulating aesthetic environment for budding artists like Ramos and Tablada.

The Academy in which Ramos spent eight years was undergoing innovations that had originated in the mid-century, including a program of exhibitions by students and faculty that encouraged audiences and emerging art critics alike. An art gallery, dedicated to Mexican art, was established and students were offered fellowships for study in Mexico and abroad.

From the beginning, Ramos disliked the rigid academic program with its institutional bureaucracy and tireless imitation of prevailing European aesthetics. His delight in straightforward observation and the subsequent representation of daily things, along with the open spaces of the emerging urban landscape, conflicted with the stifling atmosphere within the Academy. He resented having to take the tram all the way downtown, only to spend endless hours indoors, drawing and studying poor plaster copies of classical works. He often skipped his classes to return to his outdoor sketching excursions. His rebellion drove the Director to write a letter voicing his displeasure to Ramos’ father. Ramos defended himself on this occasion, standing up for his artistic freedom, and surprisingly there was no further disciplinary action. In view of his future activities, Ramos’ early insistence on an “Open Air” (Al Aire Libre) approach to creating art can be seen as something much more important than an attitude of adolescent rebellion.

He was undoubtedly aware of the Impressionist movement in France through the journals of the time as well as from students at the Academy returning from study in Europe. The Academy encouraged and supported its most talented students to travel abroad and Ramos longed to go to Europe. While Rome, with its ancient classical and Renaissance masters, had once been the most likely choice, the professors in the Academy were now beginning to focus on Paris.

In 1899, during an official visit by Phoebe Apperson Hearst, the American newspaper mogul’s mother, Ramos Martinez’s future was changed significantly. Mrs. Hearst attended a formal dinner hosted by the Mexican President, Porfirio Díaz. Ramos had been asked to create hand painted menus for the occasion. Mrs. Hearst was so impressed with these decorations that she asked to meet the artist. Upon meeting him, she offered to pay him a monthly stipend to study in Paris. The door to Alfredo Ramos Martinez’s European adventure had opened.

Durante las tardes doradas hasta ya bien entrado el luminoso crepúsculo de plenilunio, Alfredo Ramos Martínez vagaba por coyoacán, aquel pueblo de altos campanarios, plazas y angostos callejones, observando las formas geométricas de las enormes piedras de los muros, los cubos de adobe, la redondez de los guijarros. Dibujando incesantemente, regresaba a casa para ahí trasformar sus esbozos en acuarelas de delicada paleta. Ese coyoacán del siglo xvI con sus iglesias, y tianguis de frutas y flores, perdura hoy día en estas obras primerizas de Ramos Martínez.

Gran amigo de Ramos, el poeta, pintor y traductor, José Juan Tablada en su libro de memorias, La feria de la vida (1937), alega que estas acuarelas fueron las primeras manifestaciones artísticas de un arte revolucionario y tuvieron su origen en la observación de las “cosas”… en los fenómenos de la vida cotidiana. Pero, como también explica Tablada, fueron los turistas norteamericanos quienes reconocieron la belleza y el valor de esas acuarelas surgidas de las imágenes ordinarias y extraordinarias que captó Alfredo Ramos Martínez. Estas “cosas”, décadas después, han de reaparecer a través de los recuerdos de Ramos como fondo de sus cuadros californianos, otra vez llamando la admiración y atención de coleccionistas norteamericanos.

Nacido en Monterrey, Mexico (1871), Alfredo Ramos Martínez llega a la ciudad de México a la edad de catorce años debido a que su retrato del entonces gobernador del estado de Nuevo León había sido premiado en una exposición llevada a cabo en San Antonio, Texas, con una beca para estudiar en la Academia de Bellas Artes. Así fue que la numerosa familia Ramos Martínez se trasladó a coyoacán, en aquella época un pueblo a las afueras de la ciudad de México, cuya actividad estética e intelectual fue influyente en la formación de pintores y poetas como Ramos y Tablada.  

La Academia, donde Ramos pasó ocho años, atravesaba por cambios innovadores en ese tiempo, que tenían su origen en los sucesos de mediados del siglo e incluían programas de exposiciones tanto de facultad como alumnos, fomentando interés y conocimiento por parte del público y la creación de un nuevo movimiento de crítica de arte. Se establece una galería dedicada al arte mexicano y becas para estudio en Mexico y el extranjero.  

Ramos nunca se acomodó a la inconsecuente adulación de la estética europea del programa académico ni a la burocracia institucional. Su deleite en la observación de los fenómenos cotidianos, en el espacio abierto del paisaje urbano naciente, estaba en discordia con el ambiente cerrado dentro de la Academia. Le pesaba tener que tomar el tranvía hasta el centro, perder el tiempo metido en un aula, dibujar y estudiar las copias mediocres de obra clásica. Se salía dejando atrás la clase y la Academia, para ponerse al aire libre a dibujar. El director lo llamó a cuentas y escribió una carta de queja a su padre. Ramos se defendió haciendo alarde a su derecho a la libertad artística; sorprendentemente, nunca más se hizo mención del hecho.  

Esta temprana referencia a la importancia que Ramos le prestaba al concepto de al aire libre a la creación artística puede interpretarse como algo más que un simple acto de rebelión adolescente.

Indudablemente estaba consciente del movimiento impresionista que entonces dominaba en Francia, a través de revistas de la época y por los alumnos de la Academia que regresaban de estudiar en Europa. Ramos sabía que la Academia animaba y apoyaba a los mejores alumnos para que viajaran al extranjero y es seguro que añoraba ir a Europa. Roma, sede del arte clásico y renacentista, era el destino obligado, pero la facultad de la Academia enfocaba a París.

En 1891 llegó en visita oficial Phoebe Apperson Hearst, madre de W. Randolph Hearst, el magnate periodístico norteamericano, y la cena que dio en su honor el presidente Porfirio Díaz cambió el destino de Alfredo Ramos, a quien se le había pedido pintara la carta-menú ofrecida a cada invitado. Estas cartas, cada una individual, causaron tan fuerte impression en la señora Hearst, que pidió conocer al joven pintor y de inmediato ofreció pasarle una beca mensual para vivir y estudiar en París. Se le abría la puerta a la aventura parisiense y europea a Alfredo Ramos Martínez.


La Seine    ca 1904, watercolor on cardboard / acuarela sobre cartón 15.7 x 20.6 inches, 39.9 x 52.3 centímetros Museo Nacional de Arte, iNBA, Mexico

La Seine
ca 1904, watercolor on cardboard / acuarela sobre cartón
15.7 x 20.6 inches, 39.9 x 52.3 centímetros
Museo Nacional de Arte, iNBA, Mexico

Mallorca  1908, pastel on paper / pintura al pastel sobre papel  24.02 x 34.3 inches; 61 x 87 centímetros Private Collection / Colección Privada

Mallorca
1908, pastel on paper / pintura al pastel sobre papel
24.02 x 34.3 inches; 61 x 87 centímetros
Private Collection / Colección Privada


PARIS, BRITANNY, THE BALEARIC ISLANDS, THE LOW COUNTRIES

PARIS, BRITAÑA, LOS PAÍSES BAJOS Y LAS ISLAS BALEARES


In going to France, Ramos was engaging in a cultural rite of passage familiar to many Latin American intellectuals. Nineteenth century Paris, the Bohemian center and point of reference for all the arts, attracted painters, poets, writers and intellectuals. Experimentation in the arts was the rule of the time and that led to new genres and forms.

Ramos spoke French fluently, which greatly eased his way in French society. The five hundred franc allowance from Mrs. Hearst allowed him a decent existence and while there is no record of formal studies at the art academies, he took full advantage of all the city had to offer.

Shortly after his arrival, he met the Nicaraguan poet, Rubén Darío (1867-1916). The meeting led to a friendship of immeasurable importance to both men. Darío was already a literary giant and the leading figure of Modernismo, a literary movement that his poetry had generated. He was in Paris to publish his second book of verse, Prosas Profanas (Profane Prose). This work, along with those that followed it, influenced Ramos’ work and intellect for the rest of his life.

Darío reveled in the Parisian bohemian life, often inviting Ramos to join him and his friends in their forays into intellectual salons and bohemian nightlife as well as excursions into the countryside. Through Darío, Ramos had the opportunity to interact with the Symbolist and Parnassian poets, notably Paul Verlaine, Rémy de Gourmont, and with artists such as Pablo Picasso, Claude Monet, Henri Matisse, August Rodin and Joaquín Sorolla as well as the dancers, Anna Pavlova, Isadora Duncan and the actress, Eleanor Duse. Darío’s circle of accomplished, productive bon vivants drew Ramos into a sophisticated environment unlike anything he had known in Mexico. Such experiences led to a maturity and worldliness that would serve him well in later years.

The long, fraternal friendship between Ramos and Darío is documented in essays and two poems dedicated to Ramos. Darío offers us a glimpse into the painterly and literary influences that informed the production of both painter and poet during these four years. For a brief time, Darío even shared rooms with Ramos and his close friend, the Mexican poet-diplomat, Amado Nervo.

Painter and poet traveled together to Belgium and Holland where Ramos immersed himself in the works of Rembrandt van Rijn and Vincent van Gogh. In the Low Countries, his careful study of works from the northern Baroque period subtly influenced his own portraits. Visits to Spain and Palma de Mallorca extended into months and at one point, a period of solitary meditation in a Carthusian monastery. In the course of these travels, Darío’s spontaneity, enthusiasm and knowledge about art, philosophy, music and literature were undoubtedly not only an influence, but also a model for Ramos.

By 1904, Ramos had created a large body of work based on painting trips to Brittany. The palette, dominated by umbers and sepias, underscores the artist’s sensitivity not only to the environment, but also to the harsh poverty endured by a people who live off the land and the sea. Darío commented, “Ramos Martinez does not copy, he interprets; he understands how to express the sorrow of the fisherman and the melancholy of the village.”

The paintings by Millet and Monet led Ramos toward landscapes of windmills and seascapes cast in golden light infused with oranges and blues. These paintings often featured farmers and day laborers at work in the fields. In addition to these studies of everyday workers in their element, an important theme begins to develop here; portraits of women holding children, a variation on the Madonna and Child. Similar images and compositions appear years later in the artist’s California work.

It was also here that Ramos discovered a new medium. During one of his painting trips, his supply of drawing paper ran out. He returned to the inn and asked the concierge for paper. The concierge responded by giving him newsprint. This innovative surface became a favorite medium for Ramos.

In 1905, Ramos began participating in the yearly Salon d’Automne. His work also began exploring different spaces, landscape compositions peopled by women and tinged with eroticism. Reminiscent of Watteau and Fragonard, these paintings depicted mythologies of an eighteenth century kind of Fête galante, with allusions to cyclical rituals in nature. In addition, dark sensual women evoking the decadence of fin de siècle sensitivity began to inhabit Ramos’ canvases. With their dark eyes, luminous skin, half veiled faces and lustrous hair, they embodied a dangerous sexuality that seemed to balance or, in some cases, defy the dancing sprites of his mythological landscapes. There is a masterly interplay between light and shadow, between the strong reds and blacks and the luminosity that pervades the canvases. The landscapes, on the other hand, offer delicate blends of a softer palette that seems to bring light from the ground.

In 1906, Ramos was awarded a gold medal at the Salon d’Automne for Le Printemps, a landscape painting of women, participating in a Rite of Spring. That same year, apparently satisfied with the success of her protégé, Phoebe Hearst withdrew her monthly stipend. In her letter, she informed Ramos that he was now capable of living off his works and encouraged him to do just that.

Without Mrs. Hearst’s support, new hardships confronted him. Earning a living from his art became a huge challenge. Darío tells us that he was reduced to working for a factory making artistic trinkets and illustrating publications for a few cents. In despair, he went off to London carrying a portfolio of watercolors, which were exhibited at the Circle of Watercolorists. Within a few days, the Duke of Devonshire bought one. A solo exhibition was set up at the Carlton.

By 1909, the political and social upheavals in Mexico prompted his return. Unlike his compatriot Diego Rivera, who returned from Paris at the end of the revolution, Ramos came back to Mexico on the eve of the revolution. Hailed as an innovator by the students of the Academy, Ramos would soon become the Assistant Director of the Escuela Nacional de Bellas Artes (ENBA), the former Academy. Shortly after, he assumed directorship of the School and, in 1913, fulfilled his dream of founding the Open Air School of Painting.

Al viajar a Francia, Ramos seguía un consabido rito de tránsito de generaciones de jóvenes intelectuales latinoamericanos. El París del siglo xIx, centro bohemio y punto de referencia para todas las artes, atraía a pintores, poetas, escritores e intelectuales. Existía una interacción entre las artes visuales y verbales que se expresaba en experimentos y nuevos hallazgos de forma y género.  

Ramos dominaba la lengua francesa, y debido a ello y su familiaridad con el modo de ser francés se acomodó fácilmente a la vida en París. La beca de quinientos francos que le llegaba de la señora Hearst, le facilitaba la vida y aunque no existe ninguna documentación de que realizara estudios académicos, tomó gran ventaja de todo lo que la ciudad Luz y su atmósfera artística le proporcionaban.

Poco después de su llegada a París, conoce al grandioso poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916). Ese encuentro inicia una larga amistad de importancia inmensurable para ambos. En aquel entonces, Darío ya era uno de los consagrados literarios cuya figura estaba al frente del movimiento modernista. El poeta se encontraba en París por motivo de la publicación de su libro Prosas profanas. Esta obra, como las anteriores y las que seguirían, influyeron en la obra pictórica e intelecto de Ramos de por vida.  

Darío, quien se regocijaba en el ambiente bohemio parisino, frecuentemente invitaba a Ramos a las parrandas que hacía con sus amigos, y también a largas y tranquilas excursiones y paseos por la campiña a las afueras de la ciudad. con Darío, Ramos conoció a poetas parnasianos y simbolistas como Paul verlaine, también a los artistas Pablo Picasso, claude Monet, Henri Matisse, Joaquín Sorolla y Auguste Rodin; a las bailarinas Anna Pavlova e Isadora Duncan, y a la actriz Eleanor Duse. Tales momentos le confirieron una madurez y sofisticación difícil de experimentar en México.

Esta larga y fraternal amistad queda documentada en dos ensayos y dos poemas que Darío le dedica a Ramos, donde vislumbramos las interacciones entre pintura y lírica que formaron una unión estética entre los dos durante esos cuatro años. Hubo un momento en que Darío compartió un ático-departamento con Ramos y otro amigo poeta suyo, el diplomático mexicano Amado Nervo.

Pintor y poeta viajaron juntos a Bélgica y Holanda, donde Ramos pudo conocer a fondo la obra de Rembrandt van Rijn y la de vincent van Gogh. En los Países Bajos estudia minuciosamente las pinturas del barroco del norte que tenuemente influyen sus retratos. Los viajes que hicieron juntos a España y Palma de Mallorca se extendían, y duraban meses tras meses; hubo un momento en que decidieron pasar una temporada en un monasterio de cartujos, en soledad y meditación. La vitalidad, espontaneidad y conocimiento que tenía Darío del arte, la filosofía, la música y la literatura no sólo influyó en el arte de Alfredo, sino que le dejó un camino de conocimiento que siguió el resto de su vida.

Ya para el año 1904, por motivo de sus frecuentes viajes a Bretaña, Ramos había logrado acumular abundante obra. La paleta, primordialmente sepia y umbra, revela la sensibilidad del maestro al observar la pobreza y tragedia de este pueblo cuyas vidas están ligadas a los caprichos del mar y a una tierra áspera. Según Darío: “Alfredo Ramos Martínez no copia, sino interpreta. El expresará la tristeza de los pescadores, la melancolía de las aldeas...”. Las pinturas de Jean–François Millet y claude Monet de alguna manera lo dirigen a estos paisajes de labradores, de molinos y paisajes marinos. Bañados en luz dorada con toques anaranjados y azules, estas obras representan a los campesinos y labradores que trabajan en esos campos. También empieza a ocuparse de un tema que continuará el resto de su vida, el retrato de la madre y el niño, que surge del género tradicional de la Madonna y el Niño. Tema al que recurre durante toda su carrera, pero regresa con mayor ímpetu en su etapa californiana. Fue durante estos viajes que Ramos descubre un nuevo medio. Una repentina escasez de papel de dibujo le hace regresar a su posada donde le pide papel al conserje. Éste le entrega unos periódicos. El hallazgo del papel-periódico le ofrece un nuevo medio que llega a ser uno de sus preferidos.

En 1905, empieza a participar en el Salon d’ Automne (Salón Anual de Otoño). Su obra explora nuevos espacios. Abundan en estas obras paisajes de mujeres con leves toques eróticos y mitológicos alusivos al dieciochesco de Watteau y Fragonard, llenos de ritos cíclicos a la naturaleza y a la primavera. Aparecen también morenas sensuales que evocan la decadencia del fin de siglo; morenas de ojos y cabello oscuros, cutis luminoso, llevan velos a media cara y encarnan una sexualidad peligrosa que es un desafío a las diosas de sus paisajes mitológicos.

En 1905 le otorgan la Medalla de Oro en el Salón de Otoño por Le Printemps (La Primavera), un paisaje de mujeres en rito primaveral. Ese mismo año, aparentemente satisfecho con los exitosos resultados de su beca, recibe una carta de la señora Hearst informándole que debido a que ya tiene medios de vivir por su cuenta, le retira la beca, y lo anima a continuar con su lucha artística.

Sin ese apoyo, Ramos se encuentra de pronto con problemas económicos. El ganarse la vida a base de ventas de obra llegó a ser un enorme obstáculo. Darío nos cuenta que tuvo que acudir a trabajar en una fábrica haciendo chucherías, pintaba láminas para quien fuera, por poco dinero. Ya desesperado, nos cuenta Darío, se fue a Londres con un portafolio de acuarelas, obra que expuso inmediatamente en el círculo de Acuarelistas. Pocos días después, el duque de Devonshire compró una. Se organizó una exposición individual en el carleton. 

En 1909, la crisis política en México lo animó a regresar a su país. A diferencia de su compatriota Diego Rivera, quien también se encontraba en París, Ramos Martínez regresó en vísperas de la Revolución de 1910. A su regreso fue recibido como innovador por los estudiantes de la Academia, de la cual sería nombrado subdirector de la Escuela Nacional de Bellas Artes (ENBA), nombre designado a la antigua Academia. Poco después asume el puesto de Director de la ENBA y logra fundar las Escuelas de Pintura al Aire Libre (1913).


Fête Champêtre/ Festival in the Countryside  ca. 1905 oil on canvas / óleo sobre tela 28.5 x 36.4 inches; 72.4 x 92.4 centímetros Museo Andres Blaisten

Fête Champêtre/ Festival in the Countryside
ca. 1905
oil on canvas / óleo sobre tela
28.5 x 36.4 inches; 72.4 x 92.4 centímetros
Museo Andres Blaisten


MEXICO: ART AND REVOLUTION

MÉXICO: ARTE Y REVOLUCIÓN


Alfredo Ramos Martinez returned to a Mexico on the edge of a revolution that would change its political, social, economic and cultural structures. The Mexican Revolution of 1910 unleashed a decade of instability, violence and civil war. It also initiated a new enthusiasm and recognition for national forms in literature, music and the visual arts. Moreover, the socio-political changes that took place during the second decade of the twentieth century created new ideologies in Europe that would have effects in Mexico. As a result, the visual arts would commit themselves to asocial and public art. A fresh awareness of Mexico’s pre-Columbian history and culture, as well as its popular and populist art forms, led back to fresco painting and to an emphasis on graphic art.

Between his initial arrival and his appointment as director of the Escuela Nacional de Bellas Artes in 1913, Ramos returned to Europe only once, to accompany his old friend Rubén Darío back to Mallorca after the latter’s brief return to America. This would be the last time they would see each other. Despite his loyalty to Darío, Ramos wanted to return home quickly, intent on participating in the creation of a new Mexican consciousness.

Hailed for his successes in Europe, Ramos was greeted as a distinguished alumnus of the ENBA and was immediately invited to hold a solo show at the School. The exhibition consisted of 41 oils, 29 pastels, 23 watercolors, and 17 drawings, 110 works in all, with Ramos’ painting, La Primavera, attracting special acclaim by the critics. Eleven days later, Ramos took part in an exhibition at the Academy, as part of the official celebration of the Independence Centenary (1810-1910).

This latter exhibition precipitated a strike by artists and art students that reflected the turbulent political atmosphere. This division between architectural students, painters and sculptors was further complicated by the delineation between part time and full time students. It was this economic division that convinced Ramos to support the striking students. In his view, theirs was a stand against the Old Order and, thus, he stood with them.

Consequently, on August 30, 1911, the striking students called for the establishment of a new “Free Academy” and proposed Ramos Martinez as director of the school. It was under these auspices that Ramos Martinez became first the assistant director and then director of the National School. He later founded the Open Air Schools project, creating the first school with ten boys at Santa Anita Ixtapalapa. The Open Air Schools project was a crucial step in Ramos’ plan to change the curriculum at National School. As director, he was finally in a position to redefine academic understanding of how to train artists. Ramos Martinez’s philosophy was rooted in his instinctual belief in the sureness of an artist’s vision and confirmed by his experiences in Europe with the Impressionists and Post Impressionists. As Ramos Martinez explained, “In this school we are trying to mold a school of action, permitting the students to pursue their own tendencies... the students’ own efforts and inspirations are appealed to as the center of all activities, respecting in the pupil his personal manner of seeing, thinking and interpreting his visions.” Though he did paint during this time period, Ramos largely surrendered his painter’s persona and devoted himself to teaching.

This shift would not come without a price. Political strife and intrigue within the National School worsened. By 1914, Ramos was relieved of his post and his name mysteriously disappeared from the school’s roster. However, throughout the upheavals, Ramos’ Open Air Schools Project prevailed. He managed to open a second Open Air School in Coyoacan. When his students were featured in Exposición de Labores Escolares y Bellas Artes (Exhibition of Works from Public and Art Schools) at the Spanish Pavilion, still later in that same year, their work met with extremely favorable responses.

During this period (1910-1920), a decade dominated by two genres, landscapes and portraits, Ramos’ work reflected his mastery of pastels, yet another innovation he brought to the Mexican art scene of the times. Using the techniques he had so faithfully studied and practiced during his European years, Ramos created works of remarkable size and fluidity. In works such as Flower Vendor and Volcán, subject material that would re-occur after he re-located to California, Ramos demonstrated a masterful understanding of composition and a palette bursting with new and dazzling color. His subsequent utilization of oil and watercolor with the pastels added new dimensions to the medium.

Abrupt political changes continued to affect post revolutionary national life. In 1920, Ramos was re-appointed as Director of the ENBA. He would dedicate the next eight years to teaching and expanding his Open Air School project which by 1924, included volunteer instructors Rufino Tamayo, Jean Charlot (who introduced wood-block printing to Mexican art), Francisco Díaz de León, and Fernando Leal among others. In 1926, Mexico’s President Calles (1877-1945) sponsored an exhibition of works by Ramos’ young artists from the Open Air School. The show traveled through Europe and to Los Angeles and, again, met with great acclaim.

However, by 1928, the development of the nationalist movement in the arts had significantly affected internal politics at the ENBA. Ramos’ life was changing as well.

That year, he married María Sodi Romero and a year later, their daughter Maria was born with a congenital bone disease. She became Ramos’ chief preoccupation. He resigned as Director of the ENBA and Diego Rivera assumed the directorship. The family left Mexico and went to Rochester, Minnesota, for consultations at the Mayo Clinic. The attending physicians advised Ramos that his daughter needed to be in a warm dry climate and would require significant medical attention throughout her childhood. Ramos concluded that for the sake of Maria’s health, the family needed to relocate.

Upon his return to Mexico, he completed Las Flores Mexicanas, a painting commissioned by the Mexican President Emilio Portes-Gil (1890-1978) as a wedding gift for Charles and Anne Morrow Lindbergh. On October 17, 1929, Alfredo Ramos Martinez and his family left Mexico for Los Angeles, California.

El México al que regresa Ramos Martínez estaba al filo de una revolución, hecho que involucrara los mundos políticos, sociales, económicos y culturales. La Revolución de 1910 precipitó una década de inestabilidad, violencia y guerra civil, pero a la vez despertó una conciencia y reconocimiento de profundas raíces nacionales que se manifestaron en expresiones literarias, musicales, y en la plástica. Los cambios sociales y políticos que acompañaban a la segunda década del nuevo siglo, lanzaban nuevas ideologías en Europa que se trasladaban a México. como resultado, surgió una plástica fundamentada en formas sociales y arte público. El arte se apoderaba de su papel didáctico. En México se realizaba una nueva conciencia del pasado precolombino y se reconocían géneros populares y populistas que regresaban al origen de la pintura mural y, a la vez, un florecimiento de las artes gráficas.

Entre su llegada inicial y ascenso al puesto de director de la ENBA, Ramos regresó una vez más a Europa para acompañar a su amigo, el poeta Rubén Darío, a Mallorca después de una breve estancia en América. Sería la última vez que estarían juntos.  

Pero a pesar de su lealtad a Darío, Ramos quería regresar a México cuanto antes para participar en el despertar de esta nueva conciencias histórica por la que atravesaba el país.

Reconocido por la ENBA por sus triunfos, y como ilustre ex alumno, fue invitado a organizar una exposición individual de 110 obras en la Escuela. Esta muestra consistía de 41 obras al óleo, 29 obras al pastel, 23 acuarelas y 17 dibujos. Le Printemps (La Primavera), fue comentada favorablemente por los críticos. A los once días, la obra de Ramos se presentó en la Escuela en una exposición que formó parte de la celebración oficial del centenario de la Independencia.  

Esta última, que fue motivo de una huelga por parte de los artistas y estudiantes de arte, ponía en claro el estado del ambiente político. Los estudiantes de arquitectura, los pintores y escultores se dividieron aún más entre aquellos que estudiaban de tiempo completo y quienes apenas iban por horas. Ramos prestó su apoyo a la huelga como desafío a la conformidad del viejo régimen.

El 30 de agosto de 1911, los huelguistas propusieron a Alfredo Ramos Martínez como director de la Escuela, clamando a la vez por una “nueva y libre Academia”. Bajo estos auspicios Ramos fue nombrado primero subdirector, y luego director de la Escuela Nacional, y pudo lanzar el proyecto Escuelas al Aire Libre, fundándose la primera con diez alumnos en Santa Anita Ixtapalapa. Era un paso crucial para los cambios que proponía Ramos en el currículo de estudios en la Escuela Nacional. como director, había jurado efectuar cambios en el programa. La filosofía de Ramos Martínez tiene como base su comprensión en la integridad de la visión del artista, apoyada por sus experiencias en Europa con los movimientos impresionistas y post impresionistas. Él lo define así: “En esta escuela se tiende a formar la Escuela de la Acción, permitiendo a los alumnos seguir su inclinación propia... se apela a sus esfuerzos propios como centro de todas sus actividades, respetando en el discípulo su propia manera de ver, pensar e interpretar sus visiones”. Este papel pedagógico lo condujo a otra esfera: se dedicó a la enseñanza, dejando atrás su persona de pintor.  

Este cambio no se efectuaría sin consecuencias. Durante la década siguiente, se enfrentaría a diversas y difíciles adversidades. continuaban los embrollos políticos en la Escuela Nacional, y en 1914 fue despedido y reemplazado por el pintor y muralista Dr. Atl (Gerardo Murillo), y su nombre desapareció misteriosamente de la lista de la facultad de la Escuela. A pesar del ambiente inestable y de política interna, cuyos efectos provocaban líos y conflictos en el mundo del arte, ese mismo año Ramos estableció la segunda Escuela de Pintura al Aire Libre en coyoacán. La Exposición de Labores Escolares y Bellas Artes, realizada ese mismo año en el Pabellón Español, fue recibida favorablemente.

Ramos continuó produciendo obra durante esa década (1910-1920), dominada por dos géneros, el paisaje y el retrato. Su maestría sobre el pastel, técnica que aprendió y Ramos continuó produciendo obra durante esa década (1910-1920), dominada por dos géneros, el paisaje y el retrato. Su maestría sobre el pastel, técnica que aprendió y practicó durante sus años en Europa, es única. Ningún pintor de su tiempo ha creado obra de tal magnitud y fluidez como Ramos. Surge de pronto una paleta fuerte y colorida en vendedora de flores, tema que recapitulará en sus años californianos, tal vez como presagio de lo que vendrá en volcán, añadiendo al pastel, óleo y acuarela, prestándole nuevas dimensiones al entorno. Los cambios políticos crearon nuevos horizontes en el paisaje cultural, trayendo consigo un compromiso sociopolítico cada vez más dominante. Otro efecto de los repentinos cambios que ocurrían con tanta frecuencia en estos años, fue que Ramos era nombrado de nuevo director de la ENBA en 1920. como resultado, dedicó los próximos ocho años a la enseñanza y expansión de las Escuelas de Pintura al Aire Libre, que para el año de 1924 incluían a instructores como Rufino Tamayo, Jean charlot (quien además organizó y enseñó los primeros talleres de xilografía), Francisco Díaz de León y Fernando Leal. En 1926, las exposiciones de obra de los jóvenes artistas, patrocinadas por el presidente calles, hicieron una gira por Europa, llegando también a Los Ángeles, california.  

Sin embargo, para el año 1928, el incipiente nacionalismo en las artes provocaba fuertes cambios en el ambiente cultural, teniendo resonancia dentro del ENBA. Entretanto, la vida de Ramos seguía su curso.  

Ese año contrajo matrimonio con María Sodi. Y la niña María, nacida el año siguiente, sufría de una enfermedad congénita que afectaba sus huesos. Desde entonces, Ramos se dedica al cuidado de ella. Dimite al puesto de director y es Diego Rivera quien lo sustituye. La familia salió de México con rumbo a la clínica Mayo de Rochester, Minnesota, y los consejos médicos determinan que la salud de la niña María requiere de un clima seco y cálido. 

A su regreso, el último acto oficial de Ramos fue una obra comisionada por el presidente Emilio Portes Gil, un cuadro intitulado Las Flores Mexicanas, regalo de bodas para el héroe aeronáutico charles Lindbergh y su esposa, Anne Morrow Lindbergh. El 17 de octubre de 1929, Alfredo Ramos Martínez y si familia partieron de México con destino a Los Ángeles, california.


Flores Mexicanas  1929 oil on canvas / óleo sobre tela 108 x 144 inches; 274.3 x 365.8 centímetros Missouri History Museum

Flores Mexicanas
1929
oil on canvas / óleo sobre tela
108 x 144 inches; 274.3 x 365.8 centímetros
Missouri History Museum


CALIFORNIA

CALIFORNIA


At the time of Ramos’ arrival, Los Angeles was experiencing an artistic renaissance. Art clubs, galleries and city-sponsored arts festivals flourished. As early as 1931, Ramos had a show during the Artist’s Fiesta, which included a mile-long walk through the downtown area with department stores functioning as showcases for art. Olvera Street, Los Angeles’ official first street, was home to numerous artist studios as well as the Plaza Art Center.

The burgeoning movie business drew a more internationally savvy and art conscious population to Los Angeles. In the movie theatre, Latin-themed stories, featuring the likes of Ramon Novarro and Dolores Del Río, were increasingly popular. The California Artists Club held meetings in the Frank Lloyd Wright House in Barnsdall Park with lectures by international figures, including the French historian Élie Faure. Ramos’ former student, David Alfaro Siquieros, had been brought to the Chouinard Art Institute to teach mural painting. It would seem to be a propitious time for Ramos’ arrival.

However, in leaving Mexico, Ramos had walked away from almost all of his fiscal and professional support systems. His administrative positions had provided financial support and also helped solidify his reputation in the art world. He was painfully aware that the family’s economic situation depended entirely upon him. Though Ramos had no plans to remain in California long term, he knew he needed to create a new set of relationships there in order to survive.

Ramos’ reputation had preceded him and, shortly after his departure from Mexico in 1929, the boxer Jack Dempsey commissioned him to paint murals, create a series of paintings and decorate a chapel at the Hotel-Casino Playa Ensenada (Ensenada, Baja California). The hotel was in the midst of construction and had been conceived as a playground for the Hollywood crowd. Ramos created a mural filled with the sensual erotica of his earlier work along with several pieces suggesting the changes his work would undergo during his years in California.The remains of these works can still be seen today in the renovated, and re-named, Centro Cultural Riviera Pacifico.

Then in early 1930, William Alanson Bryan, Director of the Los Angeles County Museum of Art paid Ramos a visit. Bryan knew and had been tremendously impressed with the artist’s work from the 1925 Pan American Exposition. He was also familiar, due to the traveling exhibition in 1926, with the exemplary student work produced in Ramos’ Open Air Schools. He immediately set about arranging a showing of Ramos’ recent works. This led to an exhibition at the Assistance League Art Gallery and favorable press.

However, the canvases exhibited in Los Angeles were markedly different in character from his previous work. The suffering of his infant daughter and his wife had provoked a passionate exploration of religious imagery featuring Madonna and child as well as the virgin Guadalupe. During a particularly arduous period in his daughter’s recovery, Ramos stayed at the Yucca Loma Ranch in Apple Valley painting frescos in every cabin; all a variation of the Madonna and child, each a kind of painted prayer for his daughter. Also, perhaps fueled by his absence from his homeland, he began to paint highly stylized scenes taken from Mexican life. Nostalgic but in no way sentimental, the compositions captured his recollections of daily life with palettes dominated by umbers, ochres and deep greens and punctuated by touches of red or orange or yellow. This vocabulary struck a chord with Southern California collectors.

The following year, 1932, Ramos exhibited at the Fine Arts Gallery of Balboa Park in San Diego and, again, met with great success. Another exhibition, featuring drawings, temperas, oils and murals, followed at the California Palace of the Legion of Honor in San Francisco in 1933. It was there that the artist was first introduced to the noted Bay Area art patron Albert Bender. Bender, whose contributions helped establish the Legion of Honor and the San Francisco Museum of Art, became one of Ramos’ most important admirers. Bender purchased El Indio Solitario for the Legion of Honor, El Prisionero for the San Francisco Museum of Art, The Three Sisters for the Gallery of Mills College and Padre Junipero Serra for the California Historical Society. Additionally, he acquired numerous works, including the artist’s seminal Adán y Eva Mexicanos, for his personal collection.

As a result of these successes, Ramos was invited to exhibit at the Faulkner Memorial Art Gallery in Santa Barbara. His arrival in Santa Barbara opened the door for his commission to create the majestic murals at the Chapel of the Cemetery of Santa Barbara. Mrs. George Washington Smith, widow of the influential architect and designer of the Chapel, along with violinist and composer Henry Eichheim, initiated the commission and became his life-long friends and patrons.

Ramos’ work was beginning to attract a significant Hollywood following. The interior designer and former art director for Warner Brothers, Harold Grieve, purchased a number of Ramos’ paintings in 1936. As an authentic Hollywood insider and decorator to the stars, Grieve’s championing of Ramos’ work had a tremendous impact on the artist’s finances. His work was placed in the Bel Air dining room of film director Ernst Lubitsch. Hollywood courturier Edith Head collected him, as did actors Charles Laughton and Beulah Bondi. The writer Jo Swerling was so taken with the artist’s work that he commissioned a mural for his Beverly Hills home. The mural still exists though the house was destroyed. Likewise, the Chapman Park Hotel and bungalow complex, adjacent to the famous Brown Derby Restaurant, commissioned a large Ramos Martinez fresco. Unfortunately, the building was bulldozed in 1967 and, in this case, the artwork was not saved.

Given the strong graphics, provocative implied narrative and deep emotion of Ramos’ depiction of his remembered Mexico, it is easy to understand Hollywood’s embrace of this late work. Ramos was an outsider with a great story whose extraordinary technical ability and passion for his work made him, as all artists are, the ultimate insider. Ramos’ simplified forms bathed in resplendent color rivaled Gauguin in their luscious representation of the feeling of life itself. Yet each composition adhered to a rigorous unity of form. The work has a strong decorative quality, but with no wasted space and every line rich with meaning. In essence, Ramos had taken the Mexico of his youth, informed by his vision of its indigenous heritage, and filtered it through his response to the here and now. In Los Angeles, a blossoming urban metropolis - “a city without a past” - Ramos mined his rich history to create canvases of striking modernity.

Additionally, the artist’s maturity and sophistication, forged by his years in Europe and friendships with noted artists and intellectuals, prepared him for the evolving sensibilities of California and Hollywood. With the petty political rivalries of Mexico behind him, Los Angeles became a fresh creative space.

In these late “California” works, Ramos' highly textured backgrounds are recapitulations of his early fascination with the phenomena of the world around him. The Breton mother and child reappear, the indigenous mother encircling her child, and he returns to creating tempera on newsprint, the medium he had discovered in Brittany. Ramos further returns to woman as subject. But now his large-scale representational portraits of women, La Malinche and La India de Tehuantepec, acquire a mythological significance. These seeming goddesses, along with flower vendors carrying enormous baskets of flowers on their backs, are positioned in the center of the canvas, facing front, giving them the status of divine subjects. Only the divine or the artist could be so portrayed.

This subject material was expressed to great effect in Ramos’ late mural work. Of the five mural commissions Ramos received, three are still on public view: the previously mentioned Chapel of the Santa Barbara Cemetery (1934), the La Avenida Café (Coronado, now the Coronado Public Library, 1937) and the Margaret Fowler Frescoes, Scripps College, Claremont (1945). The latter was commissioned at the behest of Millard Sheets, one of California’s most famous and revered artists and a long-time admirer of Ramos.

From 1942 to 1945, Ramos returned to Mexico City with his family where he painted a series of frescos commissioned by the Ministry of Education for the Escuela Normal (the Normal School for Teachers, now destroyed).

Upon his return, Ramos began the Scripps College fresco project along with designs for stained glass windows for St. John’s Church in Los Angeles. Both projects were left unfinished. On November 8, 1946, he arrived home feeling exhausted. He sought medical aid, and returned home where he suffered a fatal heart attack. Alfredo Ramos Martinez was 73 years old, just four days shy of his 74th birthday.

Al momento de la llegada de Ramos Martínez, Los Ángeles experimentaba una especie de renacimiento artístico debido en parte a la influencia de las actividades artísticas mexicanas. clubes de arte, galerías y fiestas cívicas estaban en su apogeo. La Fiesta de las Artes de 1931, donde participa Ramos con una exposición individual, incluye una caminata por todo el centro de la ciudad utilizando escaparates de los propios almacenes como galerías. La calle Olvera, sitio donde se fundó la ciudad, tenía estudios de artistas y el centro de Arte de la Plaza.

La industria cinematográfica empezaba a atraer un círculo más internacional y sofisticado que a la vez mostraba mayor sensibilidad hacia el mundo del arte. En los cines se proyectaban películas con actores mexicanos como Ramón Novarro y Dolores del Río. El california Art club se reunía en el parque Barnsdall en Hollywood, en Hollyhock House, que había diseñado Frank Lloyd Wright, patrocinando conferencias con figuras internacionales como el historiador de arte Élie Faure. David Alfaro Siquieros, el antiguo estudiante de Ramos, fue invitado a dar cursos sobre la pintura mural en el chouinard Art Institute. Parecía el momento propicio para la llegada de Ramos a Los Ángeles.

Sin embargo, al salir de México, Ramos estaba muy consciente de que la manutención de la familia era su principal responsabilidad y que los puestos administrativos y la venta de obra en México habían sido su apoyo económico. Aunque Ramos Martínez no tenía intención de permanecer en california, sabía que debía encontrar nuevos contactos para poder sobrevivir.

Por fortuna, Ramos ya era conocido en Los Ángeles, tanto, que poco después de salir de México, el boxeador Jack Dempsey le encargó frescos, cuadros y hasta una capilla, es decir, todo el diseño interior para el Hotel-casino Playa Ensenada (en Ensenada B.c.), que se estaba construyendo como un “centro de ocio” para la diversión del mundo de Hollywood. La obra que hoy en día existe en el renovado centro cultural Riviera Pacífico revela un último encuentro con el erotismo de su obra anterior y, a la vez, los cambios que experimenta su obra en california. Ya en 1930, una de sus primeras visitas fue la del director del Museo del condado de Los Ángeles, el señor William Alanson Bryan. Lo había conocido con motivo de la exposición de obra de los alumnos de las Escuelas de Pintura al Aire Libre en conjunto con la Exposición Panamericana (1925). De inmediato, el señor Bryan lo invitó a exponer en el museo. La muestra tuvo mucho éxito.  

Siguen exposiciones en la Galería del Assistance League con crítica muy favorable. Su obra empieza a darse a conocer.  

Sin embargo, los lienzos que se exponen en Los Ángeles son muy distintos a su obra anterior debido a otro aspecto. La condición física de su niña y de su esposa produce una exploración apasionada de imágenes religiosas donde aparecen la virgen y el Niño, y también la virgen de Guadalupe. Durante uno de los momentos más difíciles de estos años, Ramos se hospedó en el Rancho Yucca Loma, en Apple valley, donde pintó frescos en cada uno de los chalets con imágenes de la virgen y el Niño, convirtiéndolos en oratorios. Asimismo pinta escenas estilizadas que surgen de sus recuerdos mexicanos. Nostalgia que nunca se reduce a un sentimentalismo cursi, estas recapitulaciones de la vida cotidiana se visten en una paleta en que dominan los umbras, ocres y verdes, con toques rojizos, anaranjados o amarillos, vocabulario que resuena con los coleccionistas del sur de california.  

Al año siguiente, en 1932, expone en la Galería Fine Arts del Parque Balboa de San Diego, con gran éxito, tanto crítico como comercial. Al año siguiente, otra exposición de dibujos, obras al temple, al óleo y frescos se monta en el San Francisco Palace of the Legion of Honor, y es aquí donde conoce por primera vez al gran coleccionista y patrocinador de arte Albert Bender. Bender, cuyas contribuciones ayudaron a establecer la Legión de Honor y el Museo de Arte de San Francisco, fue uno de los más importantes admiradores de la obra de Ramos; compró El Indio Solitario para la Legión de Honor, El Prisionerio para el Museo de Arte de San Francisco, Las Tres Hermanas para la galería de Mills college, y El Padre Junípero Serra para la Sociedad Histórica de california. Además de muchas otras obras, compró Adán y Eva mexicanos para su colección personal.

Estos éxitos lo llevan exponer en la Faulkner Memorial Art Gallery de Santa Bárbara, y es ahí donde se le abren las puertas para crear una de sus obras maestras, los frescos de la capilla del cementerio de Santa Bárbara, encargo de la señora George Washington Smith, viuda del famoso arquitecto, músico y etnomusicólogo Henry Eichheim. Debido al prestigio que conlleva este encargo, la señora George Washington Smith y el señor Eichheim llegan a formar una amistad y colaboración que perduraron por el resto de la vida.  

En Hollywood la obra de Ramos empieza a atraer coleccionistas. La madurez y sofisticación adquirida durante tantos años en Europa, lo preparan para conocer y entrar fácilmente en este mundo. En 1936, Harold Grieve, decorador de interiores y antiguo director de arte de Warner Brothers, empieza a coleccionar su obra en grande. Figura conocidísima de Hollywood, su apoyo tiene un enorme impacto. como consecuencia, el cineasta Ernst Lubitsch tiene un Ramos en el comedor de su casa de Bel Air. La diseñadora de vestuarios, Edith Head, y los actores charles Laughton y Beulah Bondi, también coleccionan su obra. El escritor de guiones Jo Swerling, le encarga un fresco para su casa de Beverly Hills que aún existe hoy en día, aunque la casa haya sido derribada. El chapman Park Hotel que quedaba al lado del famoso restaurante Brown Derby, donde Ramos también pinta un fresco, de igual manera fue derribado en 1967, con todo y obra.

Debido a su composición gráfica, la sutileza de su narrativa y el sentido emocional de sus recuerdos mexicanos, es fácil comprender cómo Hollywood lo incorpora dentro de su medio. Ramos es un outsider (“intruso”) cuya narrativa fascina. Su extraordinaria habilidad técnica y su pasión lo sitúan como todos los grandes artistas, como insider (privilegiado). La sencillez de sus formas teñidas con un color resplandeciente, le hacen competencia a la obra de Paul Gauguin en su fresca representación vital. Sin embargo, cada composición se mantiene dentro de una rigurosa unidad formal. La obra es decorativa, sí, pero nunca se admite demasiado espacio y cada línea tiene su función. Recurriendo al México de sus años juveniles, Ramos, con aguda conciencia del pasado indígena, diluye tanto sus recuerdos personales como los históricos en su respuesta al presente. En ese “florido centro urbano” llamado Los Ángeles, en esta “ciudad sin pasado”, explora las riquezas de su historia y crea lienzos de una nueva modernidad. Además es un hombre de mundo cuya madurez y sofisticación, colmo de sus años en Europa y su amistad con artistas e intelectuales, le permiten asociarse fácilmente con el conjunto de sensibilidades que ofrecen Hollywood y california. Dejando atrás las mezquinas querellas políticas que circulaban en México, Los Ángeles se convierte en un nuevo espacio creativo. En estas obras californianas de su última etapa, los fondos, volumen y textura, son recapitulación de esa fascinación de joven, con los fenómenos del mundo que le rodeaba. Reaparece la madre bretona con su niño, ahora como madre indígena, en cuya figura va envuelto el niño. Regresa al medio descubierto años atrás, al temple sobre papel-periódico; regresa a la mujer mitológica, pero ahora en tamaño grande. Las mujeres míticas consisten en la poderosa Malinche o una india de Tehuantepec (tehuana). Estas casi-diosas junto con las vendedoras de flores con sus cestas sobre la espalda, nos miran de frente, ya que según los dictámenes del arte clásico, sólo los seres divinos (y los artistas) se retratan de frente. Estos temas encuentran su espacio en los últimos murales. Tuvo cinco encargos de murales, de los cuales tres todavía existen: la ya mencionada capilla del cementerio de Sana Bárbara (1934) ; la Avenida café, hoy en la Biblioteca Pública de coronado; y su último encargo, los Margaret Fowler Frescos del colegio Scripps, en claremont (1945). Este último se realizó gracias a la intervención de Millard Sheets, uno de los más famosos artistas de california y gran admirador de Alfredo Ramos Martínez. En 1942, Ramos regresó a México para llevar a cabo una serie de frescos por encargo del Ministerio de Educación, para la Escuela Normal, sobre tema oaxaqueño (destruido).  

A su regreso a california, empezó a trabajar en el proyecto del colegio Scripps, y en diseños para unos vitrales de la Iglesia de San Juan, en Los Ángeles. Ambos quedaron sin terminar, pues el 9 de noviembre de 1946, antes de volver a su casa, se sintió muy cansado. Después de una consulta médica, ya en casa, sufrió un ataque cardiaco. Alfredo Ramos Martínez tenía 73 años, cuatro días antes de cumplir 74 años.

Vendedoras de Flores (The Flower Vendors)  Nine panel mural placed on the south wall, 1945-1946 103 feet long Margaret Fowler Memorial Garden, Scripps College

Vendedoras de Flores (The Flower Vendors)
Nine panel mural placed on the south wall, 1945-1946
103 feet long
Margaret Fowler Memorial Garden, Scripps College


MODERNISMO & MODERNITY

MODERNISMO Y MODERNIDAD


For Alfredo Ramos Martinez, modernity and Modernismo are the parameters of his personal state of being. His early years in Mexico, his youthful criticism of the Academy, his interest in natural light, his fascination with everyday things, all lead him toward a modern vision encouraged by his European years.

In Europe, Ramos finds himself in a city that looks toward the modern with its galeries, its broad boulevards created by Baron Haussman. There he also experiences the revolution that is sweeping through the arts. And of course, it is there that he meets Rubén Darío.

Darío opened the doors to the other face of modernity: modernismo. A term embodying a freedom of imagination, a recapitulation of mythological worlds of sprites, shepherdesses, and cyclical and magical rituals that lead to a world of female power, the world of the goddess and the siren.

The interaction between painter and poet, a quasi-symbiotic relationship of writing and painting, enrich and support the young painter. His modernista paintings of nymphs dancing through fields of flowers, of processions of sprites making flower offerings and of sensual, mysterious women leap from the real to the fantastic, from the philosophical to the erotic. Ramos, like Darío and the Latin American poets of that time and space, continues to explore the infinite horizons of the imagination.

California is, of course, the turning point, the point of reference. By distancing himself from Mexico at the end of the twenties and from an environment that is slowly becoming more narrow under the weight of self-interests, Alfredo Ramos Martinez creates a new Mexican art drawn from the Mexico of memory but enriched by his understanding of a cultural past (Europe) and a new cultural space (Los Angeles). That understanding of a past within a present that looks forward is what Ramos’ work reveals. Modern and modernista, the world we find in Ramos Martinez’s work takes Mexican art past its borders and toward a new universal space.

Para Alfredo Ramos Martínez, la modernidad y el modernismo marcan los parámetros de su estado de ser. Los primeros años en México, su crítica adolescente de la Academia, su temprano gusto por la luz natural, su fascinación por los elementos cotidianos de la realidad, todo esto, se dirige hacia una visión moderna que se desarrolla en Europa.

Allí se encuentra en la ciudad que mira hacia la modernidad, con los anchos boulevards del Baron von Haussman, y las nuevas galeries. Allí también vive la revolución que está ocurriendo en el mundo del arte. y claro está, es aquí que conoce a Rubén Darío.

Darío le abrió las puertas a la otra faz de la modernidad, el modernismo. La imaginación se libera, hace una recapitulación hacia los mundos mitológicos de hadas, pastoras y ritos cíclicos y mágicos hasta llegar al mundo del poder femenino, el de la diosa y la sirena.

Las interacciones entre pintor y poeta, relación casi simbiótica de escritura y pintura, enriquecen y mantienen al joven pintor. Sus pinturas modernistas de ninfas danzando a través de campos en flor, de procesiones de hadas ofreciendo ramos de flores y de mujeres sensuales y misteriosas, saltan de lo real a lo fantástico, de lo filosófico a lo erótico. y encuentra una nueva resolución de ese lenguaje en california. En esta etapa de su obra, el lenguaje mitológico rompe con la vejez de la imagen europea, y se re-crea en una narrativa basada en arquetipos mitológicos mexicanos. Ramos como Darío y los poetas latinoamericanos de ese tiempo y espacio, se lanza hacia los horizontes infinitos de la imaginación.

Es california, desde luego, el espacio que es el punto de referencia. Al distanciarse de México a fines de los años veinte, y de un ambiente que va cerrándose paulatinamente bajo el peso de diversos intereses, Alfredo Ramos Martinez crea un Nuevo arte mexicano procedente del México de sus recuerdos, pero enriquecido por su comprensión de un pasado cultural (Europa) y un espacio nuevo (Los Ángeles). Reconoce un pasado dentro de un presente que mira hacia delante. Moderno y modernista, el mundo que encontramos en la obra de Ramos Martínez, lleva la historia del arte mexicano más allá de sus fronteras hacia un espacio universal.